Han transcurrido 13 años ya desde aquella horrible mañana del 16 de octubre  de 2002, en la que las fuerzas militares, la Policía Nacional, el desaparecido DAS, el CTI  y las Fuerzas Especiales Antiterrorismo, se apoderaron de la comuna trece en Medellín, realizando la operación militar  más grande que haya tenido lugar en Colombia; desarrollada bajo orden presidencial.

Con un despliegue de 1.500 efectivos y helicópteros artillados que indagaron palmo a palmo las casas, calles y negocios de los barrios Belencito Corazón, 20 de Julio, el Salado e Independencias II, entre otros, en la comuna San Javier, se pretendía desalojar del territorio a las guerrillas de las FARC, ELN Y CAP (Comandos Armados del Pueblo), quienes tenían presencia en la zona. Durante cinco días en la trece no hubo tiempo para la tristeza. El estado de shock colectivo, el afán por salvar la vida de los seres queridos y la propia, no dejó ni tiempo ni espacio para deprimirse, para llorar, para preguntarse eso que aún hoy está sin resolverse: el porqué de lo qué estaba pasando, qué era lo que habían hecho para merecer tal horror; allí solo hubo miedo, terror.

La operación Orión fue realizada en el marco de la ejecución de la tan mencionada Seguridad Democrática del expresidente Álvaro Uribe Vélez, y puesta en Marcha por el general Mario Montoya, además del respaldo absoluto del entonces alcalde Luis Pérez, quien en ese momento manifestó que “Para las autoridades civiles y militares, Orión fue el triunfo de la institucionalidad sobre la delincuencia”

Orión fue esa agudización del conflicto en el marco de la confrontación, fue la máxima expresión del cinismo por parte de la institucionalidad que al querer tener el control social y pleno de la zona terminó dejando en medio a la población civil, terminó atacándola directamente. Fue el rostro de una ciudad y un país que se desangraba  y que a cambio solo recibía indiferencia.

Por las calles de la comuna no solo desfilaron los hombres del ejército y los demás organismos policiales, también desfilaron paramilitares que desarrollaron trabajo de inteligencia y quienes con respaldo de toda la fuerza pública fueron señalando a dedo una a una las casas donde según ellos se escondían los guerrilleros, fueron señalando a qué casa había que apuntar, a qué familia se debía intimidar.

El horror dejó como saldo más de 10 personas fallecidas, 6 desaparecidos en ese momento y más de 300 posterior al ataque, 370 detenciones arbitrarias de las cuales solo 8 fueron juzgadas y más de 40 heridos. Pero las víctimas son mucho más que cifras, son memoria viva, son fuerza, son dignidad, esperanza.

Hoy a 13 años de este trágico episodio para la segunda ciudad más poblada del país, el compromiso debe ser el esclarecimiento de la verdad orientado a la dignificación de las víctimas y al reconocimiento por parte del Estado de las mismas, debe ser el  de la construcción de una nueva sociedad, donde asumamos el compromiso de la no repetición, donde la memoria viva que tenemos hoy lleve a exigir los derechos y a una reparación integral.

Hoy, cuando emerge la memoria es importante recordar, no para abrir más la herida, recordar para tener presente lo que no puede permitirse que suceda otra vez, recordar a quienes ya no están físicamente pero por quienes la lucha aún continúa; recordarle a un país carcomido por la indiferencia, que si antes eran presa del terror y del miedo que unos cuantos pocos podían infundir, hoy son militantes de la vida y de la esperanza, hoy son quienes con valentía siguen buscando a sus desaparecidos, siguen resistiendo, siguen escarbando la verdad.

13 años de la Operación Orión

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