El 4 de septiembre de 2012 el presidente Santos anunció la terminación de la fase exploratoria de los acercamientos con la guerrilla de las FARC. Comunicó la firma de una hoja de ruta -el Acuerdo General para la Terminación del Conflicto- para realizar el diálogo.

Los discursos aunque no son un espejo de la realidad, tienen sedimentos de ella. Analizarlos da pistas para entender las configuraciones políticas más profundas. En ese sentido voy a realizar algunas anotaciones en torno al pronunciamiento del presidente Santos.

Los puntos nodales

 

El discurso de Santos se centró en los mismos puntos en que ha venido insistiendo desde que se comenzó a hablar de negociación: la no repetición de los errores del pasado en cuanto a diálogos se refiere, el fin efectivo del conflicto, seguir combatiendo a la insurgencia mientras se negocia, la extraterritorialidad y discreción de las conversaciones –Cuba y Noruega– y el avance en materia social que ha tenido su gobierno para solucionar los temas “de fondo” de la guerra (tierras, víctimas, reducción del desempleo y la pobreza).

Insistió además en uno de los argumentos que más pesa en buena parte de los sectores medios y altos en el país para admitir la aventura de la paz, el momento económico de Colombia: “Hoy podemos hablar de paz porque Colombia crece y se abre al mundo. Nuestra economía es ya una de las más prósperas de América Latina, similar a la de Argentina y sólo superada por Brasil y México. […] Si terminamos el conflicto, se desatará todo nuestro potencial y a Colombia no la parará nadie”.

 

Los destinatarios del discurso

 

El principal destinatario fue el pueblo colombiano al que le pidió “templanza, paciencia, fortaleza ante eventuales nuevos ataques de las FARCo [ante] un incremento de la violencia.” Se dirigió a los “compatriotas” cuando confesó que “hay momentos en la historia en que un gobernante debe decidir si se arriesga a emprender caminos nuevos para resolver los problemas fundamentales de su nación. Éste es uno de esos momentos”.Invitó entonces al pueblo colombiano a mirar este proceso “con prudencia, pero también con optimismo”.

El resto del discurso tuvo un tono de informe de gestión de las conversaciones, de los acuerdos firmados y de los logros del Gobierno que permitirían ir hacia la paz.

 

Los cursos de acción que se esperan del “pueblo” en la narrativa santista son de omisión. Templanza, paciencia, fortaleza, prudencia y optimismo son las actitudes estoicas que se aspira mantenga el pueblo colombiano en medio de unas conversaciones de las que va a ser testigo a la distancia.

Otro de los destinatarios del discurso fueron aquellas fuerzas política que aunque hacen parte de la Unidad Nacional, se han dedicado a obstaculizar los intentos de paz: “tampoco nos dejaremos amedrentar por los extremistas y los saboteadores, de cualquier sector, que suelen aparecer en estos momentos”.

El discurso también iba dirigido a los integrantes de la cúpula militar. Hubo reconocimientos y órdenes. Los primeros se expresaron cuando dijo que “hoy podemos hablar de paz gracias a los éxitos de nuestras Fuerzas Militares y de Policía”. Las directrices se impartieron cuando afirmó que el Gobierno no hará concesiones de ningún tipo en el terreno militar: “Las operaciones militares –ministro Pinzón, general Navas, señores comandantes– continuarán con la misma intensidad”. Esta mezcla entre órdenes y reconocimientos parece ir encaminada a cortar las pretensiones deliberantes de algunos sectores de la milicia.

Los elementos paratextuales

Todo se hizo al estilo del presidente. El lugar utilizado para emitir las declaraciones, adentro de Palacio, dio cuenta de la fastuosidad que quería imprimirle a las declaraciones. No se hizo el anuncio ante un auditorio de cualquier provincia de Colombia. La forma en que estaban dispuestos los funcionarios de gobierno (el gabinete a la izquierda y la cúpula de las Fuerzas Armadas a la derecha con el ministro incluido) evidenciaban la excepcionalidad con la que se quería teñir al acontecimiento. Todo estaba planeado para que pareciera un acto del poder central, incluidos los dos soldados del batallón Guardia presidencial que resaltaban al fondo.

Del análisis de estas dimensiones del discurso del Presidente se puede concluir que las negociaciones son vislumbradas como un asunto de alta política en la que el gobierno central es el protagonista. Del pueblo se esperan un “no hacer” -templanza, paciencia, fortaleza, prudencia- que permita al Gobierno un amplio margen de maniobra en unas negociaciones que se desarrollan fuera del país y en medio de la confrontación. En la narrativa presidencial se insiste en que el Gobierno ya ha emprendido la solución de los asuntos “de fondo” del conflicto (tierras, víctimas, pobreza, empleo), lo que refuerza la idea de protagonismo gubernamental y de pasividad de la sociedad civil. Se establece además una causalidad entre paz y prosperidad: la segunda sería un premio a la austeridad en la participación en la primera.

 

Los discursos nos son meros depósitos de sentidos. Son construcciones que se crean y recrean en el marco de los antagonismos sociales. Habrá que ver entonces cómo enfrentan los negociadores del Gobierno con este discurso, a una guerrilla cuyo pronunciamiento en voz de su comandante, evidenció posiciones muy diferentes.

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