Mientras va madurando un debate en torno al reconocimiento o no de la beligerancia para las guerrillas colombianas, controversia en la que con equívocos se piensa que es apenas una categoría jurídica, uno puede ir y venir entre las noticias que cuentan cosas de la gente, y de los indigentes. Sobre estos últimos, los hechos de cada semana: las decenas de niños/as que mueren por desnutrición y enfermedades curables, o de adultos que perecen sin pasar siquiera las puertas de los hospitales, en el abandono. O la evidencia diaria de jóvenes sin futuro. Lo que en junio de 2007 el propio Procurador General en Colombia ratificó: de los 18 millones de adolescentes, dos millones se encuentran en indigencia y seis millones más en estado de pobreza. Otra reseña, en la sección “Gente” del poderoso diario El Tiempo, tiene que ver directamente con el orden globalizado, no solamente imperial y neoliberal, sino neoseñorial, en la fuente de un conflicto social, político, económico, y armado. Nos relata que se casó el sábado 19 de enero en Cartagena de Indias, el hijo del plutócrata “colombiano” Julio Mario Santo Domingo, uno de los archimillonarios del planeta. Contrajo nupcias con una gringa, editora de la revista “Vogue”; “en una lujosa ceremonia a la que asistieron más de 400 invitados, muchos de ellos de fuera del país”. Se lee en ese periódico (20.01.08): “La novia, de blanco de pies a cabeza, llegó a la iglesia de Santo Domingo, el templo más antiguo de la ciudad colonial amurallada, en un carruaje tirado por finos corceles… El sofocante calor hizo que invitados a la ceremonia católica se retiraran del templo restaurado con la ayuda de la Cooperación Española / Entre los cientos de invitados, estuvieron gentes del mundo empresarial, artistas, periodistas y políticos, entre ellos la actual embajadora de Colombia en España, Noemí Sanín / Desde las primeras horas de la tarde, las autoridades locales cerraron varias calles aledañas al histórico templo… El industrial Julio Mario Santo Domingo y su esposa, Beatrice Dávila, residen en Nueva York, Estados Unidos, donde varios grandes almacenes se encargaron de la lista de regalos para el matrimonio”.

A unos cuantos cientos de metros, las niñas prostituidas esperan. El hambre asecha. La exclusión reina. La mierda hiede y vierte su fatal desesperanza. Su germen. Cientos de miles de desplazados/as pobres, negros/as, mulatos/as, olvidados/as, sobreviven, y esperan, en sus barriadas de luces y sombras. Allí existen decenas de miles de los 4 millones de personas desplazadas, cifra que nos recordó François Houtart, presidente del Tribunal de Opinión realizado para tratar este tema (noviembre de 2007), cuando escribió afirmando con razón que el dolor de Colombia no puede verse solamente fijando la mirada en el caso de Ingrid Betancourt. Esos millones de seres humanos desplazados por la voracidad neoliberal, neofeudal y paramilitar, son, primero que Ingrid, pero con ella, en mi opinión, lugar de verdad, para hallar salidas dignas, sin renuncias. En los términos de Ignacio Ellacuría: los sujetos desde donde puede y debe considerarse lo necesario, lo verdadero, lo justo, lo adecuado. Y no Santo Domingo, ni la clase oligárquica que ha favorecido la entronización narcoparamilitar que representa Uribe, y que se ha servido de ella para el saqueo y su mayor acumulación.

Pasa todos los días. La ausencia contra la opulencia. La vida contra la muerte. En la Cartagena de los turistas y puristas. En la Colombia donde estos contrastes no dan vergüenza sino sólo a unos pocos, de los cuales algunos podrán por básica capacidad de raciocinio e indignación, preguntarse si hay derecho a negar que existe un conflicto político-militar que nos traduce el cuadro de unos proyectos de sociedad en disputa. Y si hay derecho a olvidar las raíces de injusticia que explican esta confrontación y a condenar las rebeldías que surgieron ante esa estructural violencia y la oprobiosa exclusión que dimana como fatalidad para las mayorías.

“Para muestra basta un botón”, reza un viejo dicho español. El repugnante Santo Domingo no es el único, ni el más poderoso rico. Hay más con pasaporte colombiano y otros papeles, que pueden impunemente andar tranquilos, festejando mientras se mantiene la chusma al margen. De eso viven gratis, sin costo económico, ni moral, ni desolación, pasando muy de lejos de sus fastuosas madrigueras una guerra no gratuita que sí sufren millones de colombianos/as, en una tierra pródiga. No se lee, no se quiere ver, se oculta, no se toca, ni si huele, ni se escucha, que la riqueza y la miseria en Colombia matan doble vez; que ambas son abominables; que son todavía más aterradoras, no sólo por la desigualdad, cuyos índices convencionales la denuncian como una de los más altas del mundo (en América compartiendo este nivel con Brasil y Haití), sino porque, siendo expoliado un caudal colectivo, los ahítos además de pasearse en un besamanos asqueroso, se sienten y están cada vez más blindados, con la cabeza en alto y sin temor alguno, ordenando a sus empleados en aparatos políticos y en medios de comunicación, la consigna contra insurgente y antiterrorista, desde la comodidad de su pedestal. Que son ellos, déspotas ilustrados, y no otros, los que albergan ideas políticas sobre el mundo y el país; que son ellos, nadie más, deliberantes y beligerantes.

El mensaje cala hondo. Por ello es aún más ignominiosa la situación colombiana, porque se repulsa primero el conflicto armado que impugna ese statu quo y a los movimientos armados de oposición, y no se atacan frontalmente las causas de la guerra. Pues si el mundo es como Colombia, igual de rico y miserable, la causalidad y perspectiva política de esta confrontación, debe ser valorada como acervo de resistencia y no soslayada. Es rastrero un proceder, cuanto no solamente el nuevo capitalismo es defendido por sucesivos vasallos armados que siembran el terror, sino que sigue dependiendo enteramente su triunfo del nivel de conciencia de los oprimidos, como explica Claudio Katz. O de inconsciencia, alimentada por tesis como aquellas esgrimidas estos días: que debe aislarse cualquier fundamento de la rebelión y que no conviene tensionar (“estamos convencidos que polarizar más a la sociedad colombiana no contribuye a superar el conflicto armado”, se afirma, entre otras ambigüedades, en una carta al Presidente Chávez, por parte de algunas entidades pacifistas y de asistencia: http://www.codhes.org/). Y peor, cuanto más servil es la reverencia que la ignorancia dispensa ante las trampas que hacen los amos. Como si polarizada materialmente la sociedad colombiana, no hiciera falta, precisa y justamente, polarizarla políticamente, hacerla ver como es, desde la ética, con rupturas, con opciones, donde y cuando se escoge, no a ciegas, un campo en la brega de la historia de un país que sigue en movimiento, produciendo abismos.

Es posible que algunos se dejen confundir pensando que la discusión sobre la beligerancia es teórica y antigua, o algo vigente, pero que debe ceñirse a un derecho cerrado. No. Tiene mucho que ver con las realidades degradantes de hoy, con las mismas que impulsan una celada contra las resistencias. Para evitar la emboscada de los de arriba, al menos un conjunto de voces deben asumir las dimensiones de los derechos de los de abajo, debiendo articular entonces, como parte de sus conatos, la reflexión de las nuevas razones de la rebelión. Por ello no pueden ser fragmentados sus campos de estudio y acción argumentativa, donde lo jurídico juega hasta un punto, indudablemente, al lado de la ética y de la inteligibilidad política y sociológica de un conflicto que tiene orígenes y retornos, que no puede ni debe ser superado sin que se generen escenarios de negociación de los cambios urgentes para el pueblo colombiano, es decir a condición de estar politizado, a lo cual ayudan mucho las secciones de “Gente” y economía de los diarios, para no quedarse siempre en las páginas de noticias políticas y judiciales, que nos refieren de qué manera un régimen narco-paramilitar y oligárquico se ufana de su exitosa administración. Si hay derecho a bodas de ricos inmunes, habrá derecho al menos de escoger sus mortajas los pobres, y a no morir de rodillas. Envolvamos de ética y de política, de historia y de economía, la cuestión de la beligerancia; descubramos qué valores de humanización proponen sus detractores y sus defensores. Albert Camus, hace casi 60 años nos legaba: “Hasta la nostalgia del reposo y de la paz debe ser rechazada; coincide con la aceptación de la iniquidad. Los que lloran por las sociedades felices que encuentran en la historia confiesan lo que desean: no la disminución de la miseria, sino su silencio. ¡Alabado sea, por el contrario, este tiempo en que la miseria grita y retrasa el sueño de los ahítos!”.

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