Un fantasma recorre Colombia, es el de la paz. En muchos escenarios políticos se está hablando de ella, pero en casi todos hay una interpretación diferente. La paz es un tema en disputa. Y no podría ser de otra forma en una sociedad signada por un conflicto quincuagenario.

Uno de los episodios más interesantes de estas “batallas” fue el Congreso de Paz realizado entre el 19 y el 22 de abril en Bogotá. Al igual que en la marcha del 9 de Abril, en el Congreso emergió la subjetividad de aquellos que usualmente no tienen voz en los altos círculos políticos dónde se agencian los temas de la guerra y la paz. 

Aproximadamente 18000 personas provenientes de todos los rincones de la geografía nacional se reunieron desde el 19 de abril en la Universidad Nacional. El claustro abrió sus puertas para albergar a los congresistas populares en cumplimiento del mandato que tiene de “fomentar el pensamiento crítico y aportar a la paz”; como señaló el profesor Marco Romero que fue el encargado de dar la bienvenida a nombre del Alma Mater.  
 
El acto de instalación desarrollado el día 20 en horas de la mañana en el auditorio León de Greiff, fue una pequeña muestra de las diversas identidades culturales y políticas allí reunidas. Las delegaciones del Departamento de Bolívar y del Pacífico colombiano alternaban ritmos que coloreaban el evento con una aire de alegría. La nutrida y vistosa presencia de una delegación de la hermana República Bolivariana de Venezuela hizo recordar a todos que acababa de morir un grande  -“The boss” decía un mural en la biblioteca central-. 
 
Ante un auditorio colmado de mineros,estudiantes, campesinas, pescadores y obreros de todos los departamentos, etnias y géneros; hablaron personajes representativos de la lucha por la paz: La Presidenta del Polo Clara López, Gloria Flórez Diputada al Parlamento Andino, Los Representantes a la Cámara del Polo Democrático Iván Cepeda y Wilson Arias. Estuvieron también presentes el precandidato presidencial Feliciano Valencia y delegados internacionales de diversas organizaciones, movimientos y partidos. La iglesia católica estuvo representada por Monseñor Héctor Fabio Henao. Por parte del Congreso de los Pueblos se pronunciaron los líderes campesinos Alberto Castilla y Marilen Serna y el indígena Nelson Lemus. 
 
En el marco de esta diversidad pero en una ambiente de unidad, se cantó el himno de la Guardía Indígena, el himno del Coordinador Nacional Agrario y La Internacional. Después el himno de Colombia. Entre himno e himno los asistentes cantaban a coro: “Mandato, mandato, mandato popular, Congreso de los pueblos luchando por la paz”
 
La unidad en la diversidad en medio de la alegría característica del pueblo colombiano fue la nota predominante en este proceso de 4 días de construcción de mandatos para luchar por la paz.
 
Otros de los aspectos a resaltar fueron las condiciones dignas provistas por la Administración Distrital a los asistentes. Baños, puestos de salud e hidratación y el apoyo en el alojamiento hicieron verificar a los colombianos de otros rincones del país que es cierto que Bogotá avanza en ser “más humana” y que le apuesta “sin ambages a estas iniciativas de paz”, tal y cómo afirmó Jorge Rojas secretario de la alcaldía.  
 
18000 personas reunidas en un espacio reducido durante 4 días dieron un magnífico ejemplo de organización. Las comunidades asistentes gestionan en sus territorios muchos de los aspectos de su vida cotidiana y en el Congreso lo siguieron haciendolo. La seguridad de las deliberaciones fue provista por la competente Guardia Indígena; guerreros milenarios que saben administrar la fuerza con humanidad. 
 
El sábado 20 y el domingo 21 se trabajó simultáneamente en varias mesas en las que se construyó una ruta desde abajo para esa lucha por la paz. La perspectiva común sobre la que se deliberó quedó consignada en la declaración final: 
 
 “Consideramos que no podrá construirse la paz sin el concurso de los sectores sociales populares que hemos padecido la guerra. Insistimos en que la salida al conflicto armado no le compete solamente al Gobierno Nacional y las insurgencias, pues los sectores populares también tenemos mucho que aportar en la construcción de la paz. Si el cese del conflicto armado requiere de consolidar una sociedad democrática, es necesario empezar por democratizar la búsqueda de la paz.”
 
La variopinta gama de organizaciones populares que confluyeron  en el Congreso construyeron una agenda que se puede resumir en un párrafo de la declaración final: “Para nosotros y nosotras la paz tiene que ver con cambios estructurales, por ello nuestra agenda contiene un programa que persigue el fin del conflicto, la construcción de políticas que generen justicia social, la defensa de los territorios, las salidas a la crisis humanitaria, la democratización del régimen político, la lucha contra la impunidad y la plena garantía de los derechos humanos.” 
 
Esta agenda por la paz, es un horizonte de unidad para luchar políticamente en el plano de lo nacional. Constituye  una ruta de “acción política unitaria” de acuerdo con Alberto Castilla.
 
Pero la idea es que esta ruta sea un “mandato” para desarrollar inmediatamente en lo local: “Legislación para la vida y paz” de acuerdo con Nelson Lemus.
Los mandatos construidos en el Congreso contienen muchos temas que los representantes del gobierno en La Habana llamarían “innegociables”. Los obstáculos son grandes tanto en los territorios como a nivel nacional. El camino es largo, pero los acumulados existen. Continúan entonces con optimismo las batallas por la paz.

 

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