En plena guerra fría Henry Kissinger, el gran estratega de la geopolítica imperial, habló de Colombia como la democracia más “sólida” de Latinoamérica. En ese momento el país suramericano no era -como lo es ahora- sinónimo de guerra y narcotráfico.

Durante el siglo XX en Colombia no hubo nada análogo a los regímenes del “Bestiario Tropical” -Somoza, Trujillo, Gómez, Batista. Nunca se consolidó algo similar a las brutales dictaduras anticomunistas de Argentina, Uruguay, Paraguay y Chile. Los populismos de izquierda y de derecha no tuvieron éxito en Colombia. La idea de un partido único nunca cuajó del todo en las élites políticas Liberales y Conservadoras. No fue exitosa ninguna aventura política por fuera del bipartidismo y al interior de él los reformadores fueron bloqueados o eliminados.

Colombia tuvo durante prácticamente todo el siglo XX elecciones competitivas entre los dos partidos históricos. A eso se refería Kissinger. Esta estabilidad hablaba entonces de la consistencia de la hegemonía bipartidista. Significaba consenso al interior de las élites y administración exitosa de la coerción hacia los otros segmentos sociales.

La implicación de esta “solidez” en la sociedad rural fue que nunca hubo reforma agraria –que casi siempre es hecha por populistas, reformadores y/o revolucionarios- pese a la gran cantidad de campesinos pobres y sin tierra que existían. El pacto oligárquico nunca fue roto desde su interior, hecho necesario en las reformas o revoluciones.

Lo que sí existió fue una continuada guerra contra la economía campesina en la que las élites concordaban en los objetivos aunque disintieran en los métodos. La modernización fue entendida como un proceso de descampesinización más o menos violento, pero necesario. La visión compartida por las élites del desarrollo rural tenía alternativas más o menos eficientes: ganadería extensiva, sustitución de cultivos transitorios por permanentes, concesiones mineras, urbanización y/o narcotización. El fortalecimiento de la economía campesina no era una opción ya que eso significaba incluir en la sociedad a ese amplio sector social “antimoderno” y desconocer el corolario de la hegemonía bipartidista.

Los resultados de este imperativo elitista son costosos para toda la sociedad hasta hoy: 1) en la Violencia -1946/1966- hubo doscientos mil muertos y dos millones de desplazados; 2) contemporáneamente Colombia ostenta el deshonroso record de ser el segundo país del mundo en número de desplazados, con más de 4 millones, sólo superado por los 5,8 millones de Sudán; 3) entre 1980 y 2010, 6,6 millones de hectáreas agrícolas fueron despojadas violentamente -aproximadamente el 12.9% de la superficie cultivable- y 434.099 familias se quedaron sin su parcela. Colombia tiene uno de los peores índices de acceso a la tierra (1 es concentración total, 0 es ninguna: 0,74 en 1974,  0,84 en 1988. A finales de los noventa el indicador oscilaba entre 0,86 y 0,88. En México por ejemplo, el mismo coeficiente para el año 2000 no sobrepasaba el 0,6); 4) al calor de estos agravios se forjó la insurgencia y para protegerse de ella, las élites reavivaron el engendro paramilitar. Los muertos se han multiplicado.

El gobierno contemporáneo -de rancia estirpe elitista- quiere realizar la monumental tarea de restituir lo despojado y reparar las víctimas. Tendrá entonces que romper el consenso bipartidista. Ya muchas voces del bloque en el poder protestan aireadamente.

Paradójico es en este contexto que Bill Clinton expresara en su última visita al país el pasado miércoles 16 de febrero que Colombia era más que música y violencia, que era también la democracia más sólida de América.